EL NUEVO DESORDEN MUNDIAL

El verano de 2014 ha resistido el emparejamiento con 1914, pero se han producido numerosos conflictos armados que han demolido algunos de los principios del que hasta ahora ha sido el orden internacional

RAQUEL MARIN
Al final, el verano de 2014 se ha resistido al fatídico emparejamiento con 1914 que algunos proponían. Pero nadie le podrá negar a este largo y caluroso verano sus méritos: como hace 100 años, agosto ha sido temporada alta para los cañones. Los conflictos son conocidos (Ucrania, Gaza, Irak, Siria y Libia): lo que cuesta es imponerles una jerarquía que haga justicia a su magnitud y a consecuencias. Cada uno de esos conflictos nos ha dejado encima de la mesa un doble desafío: el de la pérdida de vidas humanas, ya grave de por sí; y, en paralelo, la demolición de algunos de los soportes sobre los que se asienta el orden internacional.
Cada vez más, los conflictos que enfrentamos, y los que lamentablemente parece que enfrentaremos en el futuro, se caracterizan por una asimetría muy descarnada entre sus repercusiones, que nos alcanzarán de lleno aunque nos abstengamos de involucrarnos en ellos, y nuestras posibilidades de actuación, que quedan mucho más allá de nuestras capacidades políticas o militares. Eso explica, sirva de ejemplo, que no sólo lamentemos el trágico destino de las minorías del norte de Irak sometidas a una brutal campaña de limpieza étnica por parte de los yihadistas del Estado Islámico, sino que en nuestro fuero interno lamentemos aún más saber que la eventual ayuda que les proporcionemos no restaurará el orden en la región. Armar a los kurdos o lanzar ataques aéreos contra los yihadistas son decisiones inevitables, pero no recompondrán el dividido y maltrecho Estado iraquí ni cimentarán un eventual proceso de paz en Siria.
Las dificultades que experimentamos con el orden tienen su foco principal en el factor estatal. Por un lado tenemos Estados que se desordenan y por otro Estados que niegan el orden internacional y sus normas, es decir, que desordenan a los demás. Las amenazas que plantean así como sus motivaciones son muy distintas, pero confluyen en un único punto: el estrechamiento progresivo del orden liberal internacional vigente, un proceso que puede acabar en un estrangulamiento completo y la apertura de un periodo prolongado de anarquía y conflicto internacional.
Un mundo sin Estados es peor aún que un mundo con estados autoritarios y cerrados
El primer tipo de problema, la desestatalización, es el patrón dominante en los conflictos de Oriente Próximo. Detrás de la proclamación del califato islámico por parte de Abu Bakr Al Bagdadi se esconde una verdad de consecuencias muy incómodas: que en esa franja llamada Levante que se extiende desde Siria hasta el norte de Irak, el Estado ha dejado de existir como forma de organización política y administrativa, viéndose sustituido el monopolio estatal de la violencia por una violencia sectaria y religiosa de raíces tan profundas como intratables. Es en el fondo un proceso parecido al que observamos en Libia: allí, el Estado, si alguna vez hubo algo que mereciera tal nombre, también ha quedado reducido a una amalgama de facciones que por un lado succionan a los vecinos egipcios y del Golfo hacia sus refriegas y por otro exportan su caos y armas a toda la región del Sahel. Esa negación del Estado es también un elemento en común con conflicto palestino-israelí, cada vez más enquistado si cabe, aunque esta vez bajo un doble signo: el del Estado que, incomprensiblemente, los israelíes niegan a los palestinos y el que Hamás niega a los gazatíes. Y aunque con algunas salvedades obvias en cuanto al origen del problema y sus dimensiones, las líneas que atraviesan el conflicto ucraniano también recorren el problema de la debilidad estatal en un país que ha dilapidado la década transcurrida desde la revolución naranja de 2004. Actuar con éxito en muchos de estos conflictos requeriría lograr triunfar haciendo algo en lo que Occidente ya ha fracasado demasiadas veces como para volver a creer en ello: la construcción de Estados-nación abiertos y democráticos. Desde Afganistán a Irak pasando por Siria o Libia, los fracasos de hoy son los fracasos del pasado, y también los del futuro. El pronóstico no es muy alentador pues en ausencia de Estados y, lo que es peor, de constructores de Estados, el caos seguirá fluyendo por los resquicios que dejen las debilidades estatales. Y como hemos experimentado este verano, un mundo sin Estados es peor aún que un mundo con Estados autoritarios y cerrados.
El segundo tipo de inestabilidad proviene de los Estados que desordenan. Algunos son, como Rusia, potencias en declive e inseguras que para sobrevivir necesitan generar un miniorden a su imagen y semejanza en su periferia más inmediata. Para crear estas áreas de influencia no dudan, como ha hecho Moscú a lo largo de esta crisis, en romper todos los cerrojos del orden europeo vigente desde los acuerdos de Helsinki de 1975: de su mano no sólo ha vuelto la guerra y la anexión territorial al continente europeo, sino un cuestionamiento radical de todo el entramado de instituciones multilaterales sobre el que se asentaba el orden europeo. Si el conflicto no se ha extendido es porque la Unión Europea, inteligentemente, ha decidido enfrentar asimétricamente una amenaza asimétrica: desviando al empuje militar ruso hacia el plano financiero, la UE ha evitado la guerra, pero no ha logrado salvar el orden político y jurídico sobre el que se asienta la paz. La UE y Rusia viven hoy en un precario equilibrio sostenido por las asimetrías respectivas entre el poder financiero y el poder militar. Pero esta es una lógica de poder, no una lógica de paz ni de seguridad sobre la que podamos dormir tranquilos.
China podría llegar a creer factible imponer por la vía de los hechos su propia visión
No es difícil imaginar el interés con el que desde Pekín se debe observar el desordenamiento de Europa, y también, aunque desde el ángulo inverso, desde Tokio, Manila o Hanói. Ni en sueños podrían los líderes chinos imaginar un experimento de laboratorio tan idóneo para comprobar de qué manera enfrenta Occidente su declive como el que vemos en Ucrania. Eso sí, como al contrario que en el caso de Rusia, en el caso de China el tiempo juega a favor de Pekín, los chinos pueden permitirse una transición mucho más suave desde el papel de espectadores del desorden a creadores de él. De ahí la paciencia estratégica con la que los chinos vienen poniendo a prueba de forma sucesiva a sus vecinos japoneses, filipinos y vietnamitas en el mar de la China Meridional: la presión china sobre las islas Senkaku o los archipiélagos Spratley o Paracelso ha de verse precisamente como un test periódico de la robustez tanto de las normas como de las coaliciones en las que sustenta la paz en unas aguas por donde transita el 50% del tráfico marítimo mundial. Al igual que Rusia en Ucrania, China podría llegar a creer factible imponer unilateralmente y por la vía de los hechos su propia versión de un miniorden regional en el que su supremacía fuera indiscutible. Con una salvedad: que, al contrario de Rusia, que enfrenta una Unión Europea posmoderna, Estados Unidos no es ni mucho menos el contendiente asimétrico con el que se manejan Putin en Bruselas.
La suma de estos dos factores de desorden nos lleva a una situación paradójica. Por un lado vivimos en un orden económico mundial de carácter posestatal que funciona de forma completamente integrada, con cadenas de producción y distribución que no conocen fronteras. Pero por otro, habitamos bajo un orden político que en lugar de caminar también hacia la posestatalidad (sólo la Unión Europea ha alcanzado ese estadio en el que la soberanía pasa a un segundo plano), se divide en dos: el de los Estados que renquean, chirrían y hasta desaparecen, y el de los que refuerzan su estatalidad a costa del orden internacional y se resisten eficazmente a someterse a un orden del que no se consideran deudores.
Después de la Segunda Guerra Mundial, Occidente pasó de hacer la guerra a hacer las normas que regían el orden internacional. Pero ahora, ni está dispuesto a adaptar esas normas, ni tiene la capacidad de imponerlas, ni sabe cómo persuadir a los demás para que las acepten. Paralizado por su impotencia, se ha convertido en espectador pasivo de su propio declive.

Los crímenes sin castigo de la II Guerra Mundial


Campo de concentración de Dachau, este domingo. / ALEXANDRA BEIER (GETTY). fuente. el país
Al final de la II Guerra Mundial, el mundo se despertó del horror con una destrucción que nunca había conocido, 60 millones de muertos y una nueva forma de crimen, el exterminio industrial de todo un pueblo, para el que hubo que crear una palabra, genocidio. El primer ministro británico Winston Churchill propuso fusilar sin juicio a los jerarcas nazis según eran capturados. Al final se impuso el derecho y se abrieron los procesos de Nuremberg, durante los que fueron juzgados y condenados los 24 principales dirigentes del régimen deHitler que, a diferencia de su líder, habían sido capturados con vida.
Pero después, tras varios juicios de Nuremberg contra criminales menos relevantes y procesos en países que habían padecido especialmente la crueldad hitleriana, como Polonia, los casos se fueron enfriando y muchos naziss lograron huir a España o América Latina a través de las famosas rutas de ratones. Aquellos que tuvieron un papel menos destacado simplemente volvieron a su vida cotidiana en Alemania y lograron quedar fuera del radar durante décadas. Es cierto que Adolf Eichmann, uno de los arquitectos del Holocausto, fue capturado en 1960 en Argentina por el Mosad y juzgado en Israel; pero Josef Mengele, el sádico médico de Auschwitz, se ahogó en Brasil en 1979 o Ante Pavelic, el dirigente del estado genocida croata responsable de millones de muertes de serbios y judíos, murió tranquilamente en España en 1959.
Pese a un último esfuerzo que acaba de lanzar Alemania contra guardias de Auschwitz nonagenarios o de la Operación Última Oportunidad del Centro Wiesenthal, cuando se conmemoran los 70 años del suicidio de Hitler, el 30 de abril, y del final de la II Guerra Mundial, el 8 de mayo, tanto los historiadores como los cazadores de nazis coinciden: muchas víctimas no han tenido justicia. Los motivos son numerosos: el estallido de la guerra fría, la imposibilidad de perseguir a todos aquellos que habían cometido atrocidades porque su número era inmenso, la necesidad de olvidar de la sociedad alemana...
La impresión general es que los últimos movimientos contra los criminales llegan demasiado tarde, porque ya casi no quedan perpetradores vivos y las víctimas, poco a poco, se van apagando. El semanario alemán Der Spiegel publicó en 2014 un largo reportajetitulado "¿Por qué los últimos SS se irán impunes?". Su conclusión era que "el castigo de los crímenes cometidos en Auschwitz fracasó no porque un puñado de jueces y políticos tratasen de frenar esos esfuerzos, sino porque muy poca gente estaba interesada en perseguir y condenar a los perpetradores. Muchos alemanes eran indiferentes a los crímenes cometidos en Auschwitz en 1945 y así siguió".
Como escribe al final de su biografía de Hitler el historiador Ian Kershaw, "muchos de los que tenían una mayor responsabilidad consiguieron escapar sin castigo. Numerosos individuos que habían desempeñado cargos de gran poder en los que determinaban la vida o la muerte y se habían llenado los bolsillos al mismo tiempo a través de una corrupción sin límites, consiguieron evitar en todo o en parte un castigo severo por sus acciones y, en algunos casos, lograron prosperar y triunfar en la postguerra".
"Nuremberg estaba sólo pensado para los líderes nazis", aseguraEfraim Zuroff, uno de los últimos cazadores de nazis desde el Centro Simon Wiesenthal. "Su objetivo no fue nunca llevar ante la justicia a los todos los criminales de guerra nazis, lo que era una misión imposible porque su número era enorme", prosigue Zurof, quien reconoce que "la guerra fría tuvo un efecto muy negativo" sobre la búsqueda de criminales. Algunos, como Klaus Barbie, fueron reclutados por los servicios secretos estadounidenses para utilizar la información que tenían.
La magnitud de los crímenes es difícil de imaginar: los campos de exterminio, los campos de concentración, los Einsatzgruppen que fusilaron a cientos de miles de personas en el Este, los asesinatos de rehenes, las torturas, las leyes raciales, las atrocidades de todo tipo en decenas de países. Se trata de crímenes que, conforme pasaban los años, cada vez son más difíciles de probar ante un tribunal, según han ido desapareciendo los testigos o apagándose su memoria. De hecho, uno de los casos más famosos, el de John Demjanjuk, basó toda su estrategia de defensa en que no era él, en que los testigos que decían reconocerle se confundían. Ciudadano ucranio que huyó a Estados Unidos después de la guerra, siempre aseguró que era un refugiado inocente. Fue condenado a muerte en Israel en los ochenta acusado de ser Iván el terrible, un sádico guardia del campo de exterminio de Treblinka responsable de miles de muertes. Sin embargo, cinco años después, el tribunal supremo levantó su condena: no era Iván el Terrible, aunque sí era sospechoso de genocidio. Fue finalmente condenado en Múnich a cinco años de prisión por haber sido guardia del campo nazi de Sobibor. Murió en 2012.
Su sentencia fue especialmente importante, no sólo porque cerró un caso icónico de la búsqueda de antiguos nazis sino, sobre todo, porque abrió un precedente importantísimo que ha permitido el procesamiento de 12 antiguos guardias de Auschwitz en Alemania, de entre 88 y 100 años: los jueces decretaron que sólo el hecho de haber trabajado en un campo de exterminio es un delito en sí, aunque no se demuestre que se haya participado directamente en asesinatos o torturas. El 21 de abril comenzó el juicio contra Oskar Göring, de 93 años, que llevaba las cuentas de Auschwitz: era el responsable de gestionar el dinero robado a los deportados antes de ser enviados a las cámaras de gas o asesinados con trabajo esclavo.
Los historiadores calculan que pasaron por Auschwitz unos 6.500 guardias. En Alemania, han sido juzgados 43 SS, nueve recibieron cadenas a perpetuidad, 25 fueron enviados a prisión y el resto fueron absueltos. Según un recuento del historiador Andreas Sander, los tribunales alemanes han emitido 6.656 condenas desde 1945 relacionadas con la guerra, por delitos que van desde perjurio hasta asesinato, aunque el 90% de las penas fueron inferiores a cinco años. Un cálculo de Centro Wiesenthal asegura que, desde Nuremberg, unos 106.000 soldados alemanes o nazis han sido acusados de crímenes de guerra, unos 13.000 han sido encontrados culpables y más o menos la mitad sentenciados. No existe ningún cálculo de las personas que pudieron participar en crímenes de guerra, aunque el gran historiador de la II Guerra Mundial Max Hastings los cifra en "varios cientos de miles".
El escritor alemán Christoph Heubner, vicepresidente del Comité Internacional de Auschwitz, calificó en declaraciones a la prensa la falta de persecución de los SS después de la IIGM como "uno de los escándalos de la posguerra". "Los perpetradores esencialmente volvieron a la sociedad de la que venían, desaparecieron en sus barrios de siempre. Durante muchos años, a nadie le importó lo que habían hecho. Para los supervivientes es un hecho amargo el poco interés que había y lo poco que se hizo para perseguir a los perpetradores".

No hay perdón para el ‘contable de Auschwitz’


Oskar Gröning, el 23 de abril en su juicio. / J. STRATENSCHEULTE (AFP) FUENTE. EL PAÍS
Pese a la ayuda de su andador, el anciano llega a duras penas a su mesa. Durante la jornada se mesa los cabellos, toma notas o susurra algunas palabras a su abogada, pero la mayor parte del tiempo permanece con gesto serio escuchando las atrocidades que narran los testigos. La quinta sesión del proceso contra Oskar Gröning —el antiguo miembro de las SS que trabajó en el campo de exterminio de Auschwitz entre 1942 y 1944— se centra en los testimonios de dos víctimas del horror nazi. Ambos están de acuerdo: el hombre de 93 años que se sienta enfrente, vestido con un chaleco morado y una camisa clara que refuerzan su imagen de abuelo entrañable, no merece su perdón.
Oskar Gröning, en su juventud con uniforme de las SS. / AP
Decenas de personas hacían cola desde las siete de la mañana del pasado 26 de abril para conseguir un sitio en el proceso que se celebra en Luneburgo, una pequeña ciudad del centro de Alemania. Ninguno de ellos —incluso un hombre llegado de EE UU que ya había viajado a Camboya para asistir al juicio contra los Jemeres Rojos— quiere perderse una de las últimas oportunidades de ver en el banquillo a un cómplice de la macabra máquina de asesinar y torturar personas que fue Auschwitz hasta su liberación el 27 de enero de 1945.
Pero este proceso es especial. No solo por celebrarse con 70 años de retraso. Gröning no es como otros exnazis encausados que eligieron guardar silencio. El hombre bautizado por la prensa como el contable de Auschwitz reconoce que trabajó en el campo, pero insiste en que solo llevó a cabo labores administrativas y que jamás pegó un tiro. Y pide perdón por el dolor causado. “No tengo ninguna duda de que soy moralmente responsable de lo que hice. Muestro mi arrepentimiento y humildad ante las víctimas”, declaró al comienzo del juicio, que se alargará hasta el 29 de julio.
LUIS DONCEL / REUTERS LIVE!
El proceso a Gröning se ha podido retomar justo cuando Alemania se prepara para conmemorar el 70 aniversario del fin de la II Guerra Mundial gracias al precedente de John Demjanjuk. La sentencia que en 2011 condenó a cinco años de cárcel a este antiguo vigilante del campo de Sobibór establecía que para ser cómplice de los crímenes nazis no era necesario haber participado directamente en las matanzas. “El exterminio industrial de millones de personas requirió que cada pieza del engranaje cumpliera su función. No es la misma responsabilidad que la de los líderes del Holocausto, pero sí se puede juzgar a todos los que participaron como cómplices”, explica a este periódico el abogado de medio centenar de demandantes, Thomas Walther.
Bil Glied, un supervivient de Auschwitz, en el jucio contra Gröning. / J. STRATENSCHEULTE (AP)
“Sobre la responsabilidad penal, les corresponde a ustedes decidir”, dijo a los jueces Gröning, al que se le acusa de colaborar en la muerte de 300.000 judíos, los que cayeron víctimas de la llamada Operación Hungría en 1944. Las disculpas presentadas tuvieron una respuesta inmediata. Eva Mozes Kor, de 81 años, narró ante el tribunal con entereza cómo ella y su hermana gemela fueron las únicas de su familia que se libraron de la cámara de gas por la única razón de que el médico del campo, Josef Mengele, las consideró de interés para sus experimentos.
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Poco después de declarar, Kor se acercó a Gröning para decirle que le perdonaba y que debería convencer a sus “compañeros nazis” para que reconozcan lo que ocurrió en Auschwitz. Los dos ancianos se cogieron de la mano, escena que fue fotografiada por la abogada del antiguo miembro de las SS. La imagen despertó la indignación del resto de demandantes.
“Yo no tengo el derecho de perdonar a Gröning. Tendría que pedir disculpas a mi padre, a mi madre y a mi hermana pequeña, no a mí”, aseguró durante un receso del juicio Eugene Lebovitz, ciudadano estadounidense-israelí nacido en la antigua Checoslovaquia que perdió a toda su familia en Auschwitz. “El discurso de arrepentimiento de Gröning no tiene un efecto jurídico en el proceso. Y las víctimas no disponen de un mandato de sus seres queridos ya desaparecidos para aceptar sus disculpas”, abunda el abogado Walther en Luneburgo, la ciudad en la que justo ahora hace 70 años se suicidó el jefe de las SS, Heinrich Himmler.
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Alemania sigue con expectación uno de los últimos juicios que se podrán celebrar contra los cómplices de la Shoah (holocausto en hebreo). Frente a los que se preguntan por el sentido de meter en la cárcel a un anciano al que le queda poco tiempo de vida, el ministro de Justicia, el socialdemócrata Heiko Maas, responde que este proceso contribuye a aliviar el gran fracaso de la justicia alemana, que solo llevó a la justicia a medio centenar de los 6.500 miembros de las SS en Auschwitz que sobrevivieron a la guerra.

Mauthausen, el deber de recordar

De las cervecerías al búnker

Nunca debemos dejar de pensar cómo Adolf Hitler, el vulgar oportunista que encarnó el mal absoluto, pudo seducir a tanta gente. Hay que estar vigilantes para que jamás pueda volver a repetirse algo similar

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NICOLÁS AZNÁREZ
Qué personaje, este Adolf Hitler, de cuyo suicidio se cumplen ahora 70 años. Un número redondo, que no significa nada ni tendría por qué hacernos hablar de él. Pero cualquier pretexto es bueno para reflexionar sobre Hitler.
Y es así no porque su personalidad tuviera interés, porque fuera un “gran hombre”, bueno o malo, según gustos, pero dotado, en todo caso, de alguna cualidad extraordinaria. Solo creerá que fue grande quien equipare grandeza con popularidad, impacto mediático, influencia sobre su época. Porque influyó, sin duda, sobre el curso de la historia mundial como pocos seres humanos lo han hecho en el tiempo en que vivieron. El siglo XX sería, sin duda, muy distinto de no haber nacido él.
Desde cualquier otro punto de vista, careció por completo de grandeza. Fue un tipo inculto, aunque él creyera, desde luego, saber mucho (otra prueba de su ignorancia). En el cenit de su poder, pensó que eran tan importantes las conversaciones mantenidas en sus almuerzos por él y su grupo cercano que instaló a unas taquígrafas para que tomaran notas y se conservaran así para la historia. Se publicaron, hace unas décadas; miles de páginas, de una pobreza difícil de imaginar, llenas de simplezas, en un tono siempre rotundo y dogmático.
Si de las ideas pasamos a los principios morales, sus móviles nunca fueron “nobles”, cualquiera que sea el significado que demos a esta palabra. Y si a las ideas y los principios añadimos su atractivo personal, no era un tipo sociable, nunca tuvo verdaderos amigos y su vida sentimental fue anodina; de él no se recuerda una anécdota interesante, una frase ingeniosa, pese a la inventiva que suele adornar estos anecdotarios de hombres célebres. Como pintor, su única profesión, fue mediocre; y cuando le tocó ser gestor se levantaba tarde, era vago y desorganizado, le aburría leer informes y eludía la toma de decisiones (o las tomaba de forma temeraria). Por no inventar, no inventó ni el antisemitismo. Fue un oportunista vulgar, un megalomaniaco vacuo, un don nadie fanático y simplón, un charlatán desprovisto de cualquier idea de interés, un ambicioso cuyo único norte fue la conquista de un poder absoluto sobre sus semejantes.
Alguien me objetará que aportó novedades, aunque fueran perversas; que construyó y dirigió un régimen totalitario modélico, ideal para otros muchos dictadores; que enseñó a otros criminales políticos cinismo, brutalidad, manipulación de la prensa y la radio, justificación de los medios por el fin, crímenes contra la humanidad a gran escala. Pero en todos estos aspectos le había precedido Stalin. Y aquí me parece escuchar voces de protesta: cómo se me ocurre compararlos, este lo hizo por motivos idealistas, quería establecer una sociedad justa e igualitaria, aunque esto le llevara a cometer “excesos”. Dejemos ese tema para otro día. Lo indiscutible es que utilizó todos los medios imitados luego por Hitler para instalarse en el poder y que lo ejerció, como él, sin límites morales; y su modelo totalitario fue aún más perfecto que el nazi. Hitler, la verdad, tampoco inventó nada en ese terreno.
Alguna grandeza demoniaca se le podría atribuir. Nadie, quizás, ha encarnado el mal absoluto de forma tan pura. Fue la quintaesencia de la perversión, y por eso es útil como ejemplo para describir lo que debe evitarse a cualquier precio. Pero Hannah Arendt arguyó, con buenas razones, que los nazis ni siquiera tenían grandeza en este terreno, que incluso su maldad era “banal”, que cometieron los mayores crímenes sin plantearse siquiera los dilemas morales que se le ocurrirían a cualquier mente reflexiva.
Hay quien dice que dirigió un régimen totalitario modélico, pero le había precedido Stalin
Todo lo dicho, pensándolo bien, apenas tiene importancia y no responde a la pregunta de por qué escribir sobre él. La verdadera cuestión, la difícil de contestar, es cómo pudo un personaje tan mediocre alcanzar el poder absoluto sobre una sociedad tan culta, avanzada y moderna como la alemana. Cuál fue su atractivo, ese es el misterio sobre el que se han escrito miles y miles de páginas. Porque Alemania no era un país cualquiera. Hay que recordar lo que significó para los españoles que estudiaron allí, empezando por Ortega y Gasset, o la elevación del nivel de las universidades estadounidenses gracias a los alemanes que se refugiaron allí, o la calidad de las vanguardias artísticas alemanas. ¿Cómo pudo una sociedad tan sofisticada, una de las cimas de la civilización moderna, hundirse en la barbarie, en la brutalidad, en el genocidio, siguiendo las pautas de este Adolf Hitler?
Claro que la pregunta simplifica las cosas, pues no todo debe atribuírsele a él. Hubo colaboradores, fuerzas sociales que le apoyaron, estructuras de poder que se pusieron a su servicio. Pero él fue crucial, su personalidad fue clave en el asunto. Como resumió Ian Kershaw, Hitler no fue la “causa primordial” del “ataque nazi a las raíces de la civilización”, pero sí su “agente principal”.
Para entender su éxito, hay que referirse a las circunstancias en las que surgió: la amarga derrota alemana en la Gran Guerra, la inflación galopante de los años veinte y el paro masivo tras la crisis de 1929, los miedos que suscitaba en toda Europa la revolución bolchevique… Todo ello, en el tránsito de la sociedad del antiguo régimen al mundo moderno, con el desplome de las jerarquías tradicionales, el avance de la secularización, el paso de la política de élites a la de masas, de la sumisión de la mujer a la igualdad de géneros. Todo era novedoso, conflictivo, nunca visto. La sociedad, tal como se había conocido durante siglos, se hundía; y eso provocaba inseguridad y temores comprensibles.
Unos colaboradores sin escrúpulos construyeron el andamiaje que le rodeó de un halo carismático
En esa situación, Hitler —con una capacidad oratoria, esa sí, excepcional— supo levantar esperanzas. Identificó de manera nítida al culpable de todas aquellas crisis: los judíos, padres del capitalismo y del marxismo, los dos males de la modernidad. Y prometió, en tono apocalíptico, eliminar a aquel culpable. Con ello, aseguró, llegaría la redención, la superación de las divisiones, el reingreso en el paraíso, una nueva unión fraternal (de los elegidos, claro). Y aquella solución tan sencilla sedujo a muchos. Aunque sin mayoría absoluta, ganó elecciones —cosa que no hizo nunca Stalin—. A partir de ahí, unos colaboradores sin escrúpulos construyeron el andamiaje efectista que le rodeó de un halo carismático. Montaron un espectáculo grandioso, que compensaba la falta de participación política real. Y casi todos, incluidos muchos visitantes inteligentes, se dejaron impresionar por el resultado.
Hay quien explica el atractivo de Hitler a partir de la cultura alemana, del famoso Sonderweg,camino especial seguido por aquel país. En él contrastarían la modernidad en los aspectos económicos y técnicos con el atraso en la estructura política, basada en el paternalismo estatal heredado del “socialismo” conservador de Bismarck y dominada por los Junkers, élites de mentalidad muy tradicional, nacionalistas, militaristas y antisemitas, muy distintos a las aristocracias francesa o inglesa. El nazismo sería el producto de esa tradición y por tanto específicamente alemán. Pero, frente a esta visión, otros ven el fenómeno como una aberración atribuible a la situación de crisis económica, política y moral en la que surgió y creen que la aparición de aquel grupo de hooligans, dirigidos por un loco, interrumpió el acceso a la normalidad que iba siguiendo la historia alemana. El nazismo sería un caso de totalitarismo, como el soviético, típico del siglo XX europeo, no de la cultura alemana. Una cultura, hay que recordarlo, que produjo a Hitler pero produjo también a un Stefan Zweig, por mencionar solo un nombre, europeo lúcido si los ha habido, crítico y víctima del nazismo.
En conclusión, Hitler como persona importa poco. No evoco su muerte, desde luego, porque fuera, en ningún sentido, una pérdida para la humanidad. Lo que importa es preguntarse cómo pudo un tipo así seducir a tanta gente. Sobre eso es sobre lo que nunca deberíamos dejar de pensar. Como no deberíamos dejar de estar vigilantes, para que jamás se repita nada similar. En cuanto a él, como ser humano, ni siquiera el pistoletazo final, hace ahora 70 años, le otorgó la menor grandeza.
José Álvarez Junco es historiador. Su último libro es Las historias de España(Pons / Crítica).

VIDEOCUESTIONARIO SOBRE EL FASCISMO


  • ¿Cuáles fueron las causas del ascenso de Mussolini al poder? Explícalas detenidamente, incluyendo los siguientes conceptos: Crisis económica, Primera Guerra Mundial, comunismo y "victoria mutilada".
  • ¿A qué partido perteneció Mussolini inicialmente? ¿Qué periódico dirigió allí? Averigua qué hizo con este periódico cuando llegó al poder. ¿Cuál fundó después? 
  • ¿Qué eran los Fasci Italiani di Combattimento?
  • Explica en qué consistió la Marcha sobre roma de octubre de 1922. ¿Qué papel jugó el Rey Víctor Manuel III? ¿Podría haber actuado de forma diferente?
  • ¿Quién fue Giacomo Matteotti? Explica el significado de esta viñeta.                                                                                                                                                  Fuente: Claseshistoria
  • Describe la estética y actitud de Mussolini en sus apariciones públicas: ¿Cómo se comporta en sus discursos? ¿Con qué tipo de vestimentas suele ir ataviado? ¿Con qué fin?
  • ¿Qué colonias poseía Italia en África antes de la llegada del fascismo? ¿Qué territorios conquistó Mussolini durante los años 30? ¿Con qué fin? ¿Qué periodo histórico de Italia pretendía emular?