Las mujeres cobayas que desafiaron a los nazis



Una novela recupera la historia de mujeres torturadas por el régimen nazi

Parece que nunca se termina de escribir la historia de la II Guerra Mundial. Esta semana, la excusa es Lilac Girls, una novela que recuperaba la historia de las cobayas de Ravensbrück, 72 mujeres polacas católicas que fueron sometidas a una serie de crueles experimentos que les dejaron terribles secuelas para toda la vida.
En un principio Ravensbrück, situado a 90 kilómetros de Berlín y destinado a la retención exclusiva de mujeres, fue utilizado por Heinrich Himmler, Reichsführer de las SS, como un escaparate para la Cruz Roja: las jardineras de las ventanas tenían flores, había jilgueros enjaulados ¡vaya paradoja! y las presas caminaban por sendas rodeadas de árboles. Se trataba de un campo destinado exclusivamente al encarcelamiento de mujeres, por lo general condenadas por diferentes delitos,[nótese la cursiva irónica]: profesar el socialismo, haber abortado, ejercer la prostitución, ser testigo de Jehová... «Hasta 1942, no empezaron las ejecuciones porque necesitaban mano de obra. Sólo al final de la contienda utilizaron la cámara de gas», explicó Martha Hall Kelly, autora de Lilac Girls, en la entrevista que concedió a The New York Post.
Se estima que por Ravensbrück pasaron más de 120.000 reclusas de las 50.000 que murieron.
Los experimentos se precipitaron por un suceso que sacudió los cimientos del régimen nazi: la muerte de Reinhard Heydrich, uno de los principales impulsores de la solución final tal y como atestiguaron las actas de la conferencia de Wannsee, en la que se planificó el exterminio de los judíos europeos.
Heydrich había muerto en Praga en junio de 1942 tras un atentado organizado por agentes del gobierno checoslovaco en el exilio. Sufrió terribles heridas pero sobrevivió durante algunos días entre espasmos y dolores. En su agonía fue tratado por el doctor Karl Gebhardt, que se negó a inyectarle sulfamidas (entonces, un nuevo medicamento antibacteriano).

Una disputa entre médicos

Azuzado por el doctor Morell, su médico personal y fiel partidario del uso de sulfas (y de las anfetaminas), Hitler responsabilizó a Gebhardt, amigo personal de Himmler, de la muerte de su protegido a quien se le calificaba de ario perfecto. La cuita entre ambos médicos tuvo fatales consecuencias. Gebhardt estaba decidido a probar que su decisión había sido la correcta y con la complicidad de Himmler, infligió a presos de Sachsenhausen (otro campo de concentración enBrandemburgo) heridas similares a las que había sufrido Heydrich en el atentado. Pero estos prisioneros no resultaban dóciles, así que decidieron centrar los experimentos exclusivamente en el recinto de Ravensbrück pensando que las prisioneras serían mucho más sumisas.
El aparato represivo del Gobierno nazi fue un campo fértil para los desaprensivos.Las andanzas de Josef Mengele con los niños gemelos de Auschwitz son de sobra conocidas, pero en Ravensbrück surgió la terrible figura de la doctora Herta Oberheuser, una dermatóloga que ambicionaba destacar en la cirugía y que estaría a cargo de gran parte de los experimentos, aunque siempre bajo la estricta supervisión del médico Gebhardt.
«Cogían a grupos de 10 mujeres y les insertaban en la carne hierros y cristales infectados con diferentes tipos de bacterias. Después los cosían (a veces con las heridas preñadas de serrín) esperando que gangrenaran», describe una historiadora. «Algunas murieron durante el experimento pero a la mayoría se las ejecutaba después porque ya no valían como mano de obra». Otros relatos son más duros y recrean cómo la doctora inyectaba a las presas (también a las niñas) aceite y Evipan, un anestésico a base de barbitúricos, y les extirpaba los órganos mientras aún seguían conscientes.

Dignidad hasta la muerte

En su investigación, Kelly habló con algunas de las supervivientes del campo que le contaron escenas de la vida en el lager. Pese al horror, las presas no dejaban de lado la coquetería. «Antes de enfrentarse a la muerte (y en Ravenbrück se podía morir de muchas maneras), las prisioneras se arreglaban: trataban de alisarse el cabello y se pellizcaban las mejillas para tener mejor color». Algunas se ponían de acuerdo para dar vivas a Polonia, algo que enfurecía sobremanera a los verdugos. Solían llegar caminando, erguidas y orgullosas. Incluso rechazaban tomar el sedante que les ofrecían».
Durante los últimos meses de la contienda, los nazis decidieron ejecutar a las cobayas que habían sobrevivido a los experimentos. El resto de internas del campo lo impidieron. Una noche, las encerraron en un barracón. Los disparos y las bombas podían escucharse cada vez con más nitidez. La derrota alemana no tardaría y las cobayas eran una prueba más del horror. Todos pensaban que las ejecutarían aquella misma madrugada, sin embargo un grupo de prisioneras rusas derribó el tendido eléctrico y dejó Ravensbrück a oscuras, lo que permitió a las mujeres esconderse en los recovecos del campo. Tras la huida de los guardianes y del equipo médico, incluida la terrible doctora Oberheuser, las cobayas salieron de sus escondite. Poco después, la Cruz Roja las trasladaría a Suecia antes de enviarlas finalmente a su Polonia natal.
En 1947, comenzaría en Nüremberg el juicio de los doctores que serviría para procesar a los responsables médicos de la masacre. La única mujer entre los 15 médicos condenados era Herta Oberheuser, sentenciada a pasar 20 años en prisión. Su jefe Gebhardt no tuvo tanta suerte. Los testigos que la acusación presentó en su contra describieron cómo el doctor diseccionaba a los prisioneros vivos y sin anestesia o trataba de realizar trasplantes de miembros que solían acabar con el rechazo del injerto y la muerte del paciente entre dolores agudísimos.

Crímenes ocultos durante años

El mundo no supo de las cobayas de Ravensbrück hasta varios años después. Los guardianes nazis tuvieron tiempo de sobra para destruir toda la documentación relativa a los experimentos. En 1958 Caroline Ferriday, que entonces tenía 56 años, supo de la historia a través de un amigo y convenció a un periodista para que escribiera una serie de artículos. Gracias a las donaciones de cientos de lectores, se pudieron reunir 5.000 dólares de la época con lo que Ferriday logró que 35 supervivientes viajaran a Estados Unidos para tratarse de sus heridas físicas y mentales.
Ese mismo año, una antigua prisionera de Ravensbrück había reconocido a la doctora Oberheuser, que tras diez años de prisión, ejercía como médico de familia en una clínica privada en Stocksee (Alemania). El estado le retiró entonces su licencia. Murió en 1978 y sin que hayan trascendido sus signos de arrepentimiento. Si los tuvo.

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